17 oct. 2008

L A N O C H E DE LA V I R G E N

I

Me deslizo suavemente entre las aguas, con mi muevo cuerpo de ofidio. Paso sin dificultad entre los remolinos que se forman en el río. Cae la tarde y el sol se oculta entre pinceladas maravillosas de rojo y naranja. Esta es la mejor hora para atisbar en las orillas del río en busca de doncellas hermosas. A estas horas, ellas bajan solas a soñar con príncipes apuestos, que las rapten para llevarlas a lugares de ensueño. Entonces me transformo en mi porte de efebo y me presento ante ellas para seducirlas con mi encanto maligno. Ellas mansamente me siguen y se pierden conmigo, en las aguas misteriosas. Antes de adoptar mi nuevo cuerpo, fui un mortal cualquiera como ustedes, con mis días contados desde que nací, hasta el día de mi muerte. Hoy estoy con mi cuerpo inmortal que se transforma a voluntad y de manera infinita en la edad más codiciada por los hombres: La juventud. Hoy quiero contarles mi historia a ustedes, miserables mortales, que tiemblan y se angustian con el enigma indescifrable de la muerte.

II

Todo comenzó, la noche, en que conocí a Rosa. La lluvia caía con una letanía eterna, que impregnaba el ambiente de tristeza. Ella actuaba en un local donde se presentaban espectáculos de danzas folklóricas para turistas. El presentador dijo que Rosa era la única persona en el mundo que hablaba con las serpientes. Desde su aparición en el escenario, me cautivó para siempre. Era una mujer joven y hermosa de rasgos nativos, su cuerpo escultural y de piel morena, estaba apenas cubierto con una vestimenta confeccionada con fibras vegetales, de plantas de la Amazonia. Sobre sus hombros, rodeándole el cuello por la espalda, llevaba una Anaconda de unos tres metros de longitud. La música de su danza empezaba con un ritmo lento, casi ceremonial. Ella leve y con pausa, se movía como una sacerdotisa que presentaba una ofrenda a unos dioses desconocidos. Mientras el reptil sacando su lengua bífida, posaba su mirada hipnótica en los presentes. Llegó un momento, en que fijó sus ojos en los míos y sentí como si una fuerza arrebatadora, se apoderaba de mi voluntad para siempre. Poco a poco el ritmo de la música se fue haciendo más rápido, entonces la mujer parecía despertar de un trance y empezó a mover las caderas y el busto con movimientos frenéticos y provocativos. El sudor comenzó a resbalarle por el cuerpo, como perlas se deslizaban por sus partes íntimas. En un momento determinado comenzó a frotar a la serpiente en forma lasciva: contra sus senos desafiantes, entre sus muslos maravillosos, en sus hombros perfectos. Terminó su actuación, con la cabeza de la serpiente metida en su boca.

Desde aquel día, no pude olvidar a Rosa y su danza con la serpiente. Averiguaba en qué lugar actuaba los fines de semana y era un asiduo concurrente a su espectáculo. Hasta que una noche me la presentaron y comencé a salir con ella después de sus actuaciones. Siempre frecuentábamos el mismo bar a orillas del río. Una noche le declaré mi amor. Me respondió con estas palabras:

- Yo también te amo, pero temo hacerte daño.
- Cómo puedes hacerme daño, si dices que me amas – le dije asombrado.
- ¿Sabes algo de mí? ¿Sabes quién soy? Si ni siquiera sabes donde vivo.
- No me importa, lo único que sé, es que te amo.
- ¿Estás decidido a seguirme a dónde te lleve?
- Por tu amor estoy decidido a cualquier cosa.

Me enamoré tanto de Rosa, que comencé a soñar todas las noches con ella. En un principio soñaba cosas intrascendentes, como caminar por la orilla del río tomados de la mano. Sin embargo, una noche tuve una horrible pesadilla: Soñé que estaba haciendo el amor con Rosa. Cuando en un momento determinado la miré a los ojos, noté que eran iguales a los del ofidio con el cual danzaba. Cuando nuestros cuerpos se enlazaron en un abrazo de pasión, éramos dos reptiles que al rozar sus escamas producían un sonido escalofriante.

Al encontrarme con Rosa, le conté la pesadilla que había tenido. Para mí sorpresa no hizo más que sonreír y preguntarme en forma sorpresiva:

- ¿Quieres que hagamos el amor?
- Eso es lo que más deseo en la vida – le contesté emocionado.
- Lo podemos hacer la noche de la virgen.
- No importa cuando, lo que quiero es hacerte mía para siempre.
- Sí, esa noche seré tuya y vivirás conmigo para siempre.

Emocionado, la miré a los ojos, entonces me pareció percibir que una mirada de ofidio se había posado en los míos.

III

Nuestra cita de aquella noche, era inevitable. Cuando Rosa se acercó a mi lado, yo estaba sentado a la orilla del río, contemplando la procesión acuática de la virgen, cuya imagen, rodeada de velas encendidas, bajaban sobre una canoa, por la fuerza de la corriente del río. Los fieles también en canoas, la acompañaban con velas encendidas en las manos. Sobre el río flotaban centenares de mecheros, confeccionados con latas descartables de gaseosas. Era un espectáculo fantasmagórico: El río parecía arder por la luz que emitían los mecheros y las velas, que se reflejaban en el espejo negro de las aguas. El fulgor era tan intenso que llegaba hasta nosotros alumbrándonos totalmente. Esto parecía molestarla, me cogió de las manos y me condujo detrás de las plantas de gramalote, hasta un lugar despejado. Allí se despojó de sus ropas y yo de las mías. Fue un encuentro amoroso apasionado y ansiado, como todas las cosas postergadas. Nunca antes había sentido un placer más intenso que no me di cuenta de mi transformación. Cuando el placer se agotó y quedó ese inmenso vacío después del acto sexual, mi pesadilla se había hecho realidad: nuestros cuerpos se habían convertido en dos escamosos ofidios, que poco a poco se separaron y reptando lentamente se dirigieron al río, para sumergirse en sus aguas.

A los lejos en el recodo del río, la figura de la virgen se perdía, junto con el fulgor de las velas. Sólo quedaba la negra noche y sus infinitos misterios

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